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miércoles, 8 de noviembre de 2023

KINTSUGI

 


El centenario arte japones de reparar las piezas de cerámica rota con oro para hacer latente las "heridas" se ha convertido, a día de hoy, en una filosofía de vida.

Quizá una filosofía que se aplica más cuando ya tienes una edad, cuando tu cuerpo y tu alma han sufrido dolor y desgarros emocionales y cierto dia dices "hasta aquí he llegado".

De forma imaginaria pegas tus pedazos con color oro para que esas heridas, que forman parte de la experiencia, te recuerden que tú eres lo que has vivido y que no dejarás que nadie o nada te vuelva a hacer daño. Y, aunque es algo casi imposible porque es parte de la vida, sí que comienzas a tomar medidas para que no se repitan, al menos, las mismas heridas.

Cicatrices que llevas con orgullo porque eres humano, porque te has equivocado muchas veces y otras tantas te han juzgado sin fundamento, convirtiéndote en el blanco de traiciones y manipulaciones.

Gente que te ha usado, que se aprovecharon de tu confianza. Gente que te fue infiel porque le importaba más el placer que el respeto. Amigos por compromiso y abrazos llenos de espinas dulces.

La heridas acaban cicatrizando y, esas cicatrices, te recuerdan que tienes una historia detrás de ti. Una historia que debes recordar que no debes repetir aunque ello te lleve a tener nuevas cicatrices diferentes .

Nunca hay que jugar a ser dioses, a prestaler poca importancia a las caídas y limpiarnos facilmente las heridas que hemos sufrido. No hay dolor más inhumano que negarle a un hombre el dolor que siente.

Hoy luzco mis heridas con oro. Me recuerdan quien soy y por qué he llegado hasta aqui. Lógicamente tengo miedo de tener más cortes, pero jamás volveré a tener miedo de ocultarlas.

lunes, 27 de enero de 2020

DE AMORES MADUROS Y AMORES JÓVENES



¿Qué será de nosotros cuando la llama sobre la que respiramos termine por apagarse?¿Cómo podré gestionar mi vida cuando el Destino te proponga descubrir cosas nuevas, personas  y situaciones supuestamente extraordinarias? Quizá tu marcha sea para avanzar en el camino de la Felicidad y espero que no abandones una joya para buscar vulgares piedras que brillan para confundir y deslumbrar.

Deberé inventar un Cielo para que no me lastimen tus recuerdos, el eco de tus caricias y la memoria de tu sonrisa. Seguramente nadie te querrá como yo. Y no es algo manido ni falso. Nadie te querrá con la madurez que te he querido. No esperaba nada de ti, ni deseaba algo que no fueras tú, ni había algún motivo oscuro para usarte y tirarte. Sabía lo que quería y no dudaba en hacerlo realidad.

Qué haremos el uno sin el otro sino una burda imitación de "vivir", de intentar ser felices partiendo de unos recuerdos que nos marcarán la vida hasta el final. Tan bello es el amor que luego se convierte en una cadena de hierro y seda de la cual no puedes desprenderte.

La diferencia de edad entre ambos supone tomar caminos dististos. Tú, seguramente, querrás comerte el Mundo. Yo, con toda seguridad, creeré que el Mundo se me come a mi. Y todo reside enm un factor diario que no controlamos: el Tiempo.

Tiempo que disfrutamos, tiempo de amor y deseo, tiempo de viento frío que nos deja helados y nos separa. Tiempo de partir en silencio pensando por qué no disfrutamos más cuando pudimos.
Ese mismo tiempo que para ti va a ser una vida entera. Ese tiempo que para mí van a ser migajas de las que pienso sacarle todo el jugo posible. Quizá tanto tiempo delante de ti te haga libre, promiscuo y te haga disfrutar a tope de las cosas que te ofrece la vida.

Mi tiempo, más limitado, me llevará por caminos más estables, con más cuidado y saboreando más esa mezcla de tristeza y superación.

Nunca sabremos dónde nos espera la Felicidad, tan solo que fuimos felices, lo dejamos de ser y volvemos a la carga para conseguir flotar al menos. Cada uno en su estilo, cada uno con más o menos tiempo, cada uno llevando dentro de sí un trozo del alma de la persona amada.


martes, 24 de septiembre de 2019

EL ÚLTIMO TREN



Nadie se da cuenta de que la vida pasa hasta que una día, sin avisar, te fijas que has perdido el último tren que te llevaría a la Felicidad o, en el mejor de los casos, el tren donde la Felicidad viajaba contigo.
De repente, de manera esporádica y cruel, te encuentras que tu compañero de viaje te ha dejado tirado, se apeó una parada antes, con sigilo, dejándote en un vagón vacío de seres y cosas inertes.
Cruzas tus manos y compruebas como, en cuestión de días, esas manos se han llenado de manchas y han perdido su tersa condición. Ya no eres el jóven de ayer ni siquiera el adulto que subió a ese tren. Te has convertido en lo que todo el mundo se convierte pero de manera brusca, sin aviso, traicionado.
Piel manchada, canas en el pelo y arrugas en los ojos que expresan sabiduría en la vida. No soy un viejo pero ya pasé de maduro.

Ese tren de los deseos sigue adelante, dirección donde las vías le lleve. Pero ya no estoy seguro de dónde voy y menos si merece la pena llegar. Llevo un equipaje demasiado pesado para ir arrastrándolo y no puedo prescindir de nada de lo que llevo en esa maleta llamada Vida.

Esperaste bajar hacia el final, en esa estación próxima a la mía, que sabrías que me haría tanto daño viajar solo. No tuviste la gentileza ni la honradez de hacerlo en las primeras paradas en donde no estaba tan interesado en llegar. Incluso hubiera bajado del tren y hubiera vuelto en otro a mi origen.

Ahora me siento solo en un tren sin frenos que me lleva de cara a la noche a un lugar en donde nunca lo concibí sin ti. Y no lo puedo parar ni puedo apearme hasta la estación término.

Madurando me hice viejo. Aprovechaste esta premisa para ser excesivamente cruel cuando ya te había confesado que me asustaba estar solo y era algo tarde para aprender a estarlo. Cuando me prometiste, mirándome a los ojos, que yo era ese "todo" en tu vida.

Me pregunto si, en la estación que paraste, te hiciste la pregunta de si yo llegaría bien a mi destino y, lo peor, si te hiciste esa pregunta por qué te la hiciste si ya nada te importaba.