Mostrando entradas con la etiqueta sociedad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sociedad. Mostrar todas las entradas

miércoles, 8 de noviembre de 2023

KINTSUGI

 


El centenario arte japones de reparar las piezas de cerámica rota con oro para hacer latente las "heridas" se ha convertido, a día de hoy, en una filosofía de vida.

Quizá una filosofía que se aplica más cuando ya tienes una edad, cuando tu cuerpo y tu alma han sufrido dolor y desgarros emocionales y cierto dia dices "hasta aquí he llegado".

De forma imaginaria pegas tus pedazos con color oro para que esas heridas, que forman parte de la experiencia, te recuerden que tú eres lo que has vivido y que no dejarás que nadie o nada te vuelva a hacer daño. Y, aunque es algo casi imposible porque es parte de la vida, sí que comienzas a tomar medidas para que no se repitan, al menos, las mismas heridas.

Cicatrices que llevas con orgullo porque eres humano, porque te has equivocado muchas veces y otras tantas te han juzgado sin fundamento, convirtiéndote en el blanco de traiciones y manipulaciones.

Gente que te ha usado, que se aprovecharon de tu confianza. Gente que te fue infiel porque le importaba más el placer que el respeto. Amigos por compromiso y abrazos llenos de espinas dulces.

La heridas acaban cicatrizando y, esas cicatrices, te recuerdan que tienes una historia detrás de ti. Una historia que debes recordar que no debes repetir aunque ello te lleve a tener nuevas cicatrices diferentes .

Nunca hay que jugar a ser dioses, a prestaler poca importancia a las caídas y limpiarnos facilmente las heridas que hemos sufrido. No hay dolor más inhumano que negarle a un hombre el dolor que siente.

Hoy luzco mis heridas con oro. Me recuerdan quien soy y por qué he llegado hasta aqui. Lógicamente tengo miedo de tener más cortes, pero jamás volveré a tener miedo de ocultarlas.

viernes, 20 de marzo de 2020

CONFINAMIENTO


Desde mi ventana veo calles vacías y silenciosas que hacen que sienta mis propios latidos y mi respiración entrecortada plagada de suspiros que se desvanecen sobre el frío cristal.

La misma raza humana que muchas veces odié, hoy permanecen como muertas en sus casas convertidas en nichos temporales a la espera de un final feliz.

Es entonces cuando pierde fuerza los enfrentamientos políticos, las derechas y las izquierdas, la lucha de clases, las diferencias de razas, las condiciones sexuales o el enfrentamiento de hombres y mujeres. Nada de eso sirve ahora mismo.

Un silencio plagado de desolación e aislacionismo ha inundado cada centímetro del Mundo. Es como aprender a la fuerza el estar solo o, en el mejor de los casos, aprender a convivir y respetar.

No hay diferencia entre noche y día, entre madrugada y atardecer. Todo se apagó bajo un manto de monotonía forzada. Ni siquiera dentro de los edificios escucho niños, voces o música. Estamos en un letargo de amargura esférica y perfecta.

No da pie a las preguntas básicas de quién soy o dónde voy. Nada. Nihilismo estanco y aséptico. Solo un pensamiento se cuela en la hermosa ciudad de gente dormida: salir.

Salir a pasear, salir por salir, tomar un café solo o con amigos, visitar a nuestros familiares que tenemos abandonados, permanecer en un atasco, cerrar ventanas porque nos molesta el jolgorio de la calle, escuchar esas motos infernales capaz de exaltarnos, vivir....al fin y al cabo.

Tan solo el aplauso de las ocho de la tarde nos conecta como millones de neuronas y lloramos mientras nuestras manos duelen de aplaudir. Aplaudir formando un todo único, un solo ser vivo compuesto de individuos que, en el fondo, no somos tan diferentes. Pensamos, sufrimos, amamos, odiamos y reímos. Somos idénticos...pero existe una comunión que nos hacen más grandes, como cuando miles de peces forman una nube para asustar al tiburón o cuando las aves migratorias se defienden volando en grupo.

Acabará este confinamiento. Lo celebraremos y, pese a ser algo histórico y habiendo tenido ese apego desde terraza a terraza, desde balcón a balcón, en poco tiempo iremos odiándonos como condición humana e imperfecta que somos.

O no.

miércoles, 13 de marzo de 2019

OBJETOS OBSOLETOS INOLVIDABLES

Los que ya tenemos una cierta edad, esos que nacimos en los 60s y principios de los 70s, convivimos con objetos cotidianos que, a día de hoy, más pronto o más tarde, desaparecieron de la vida cotidiana y que, mirando atrás, nos hacen esbozar una sonrisa y acordarnos de aquellos tiempo en que todo era supuestamente mejor...


                                 Los preciosistas y frágiles adornos de Navidad


                                                          El somier de muelles


                                                       Las grandes pilas de Petaca


                                           Las rudimentarias heladeras para hacer cubitos


                                                            Los insoportables abrelatas


                    Los billetes de autobús que pagabas conforme a la distancia que recorrías.


                                                   El infiernillo para calentar o cocinar


                                                  Los petardos Verdes de Valencia


                                El colchonero que cardaba la lana de los pesados colchones


                                                   La pera interruptor de cabezal de la cama


                                                             El álbum de Dibujo del Cole


                              Balancines y toboganes de puro metal en los parques para niños



Y, en su consecuencia, Mercromina para las caidas y rasguños.



                 El famoso BimboVisor que regalaba la marca de los productos de bollería.


                            El termómetro de Mercurio que nos acompañó hasta hace bien poco.


    Objetos cotidianos de los Colegios como la goma arábiga o las ceras de determinada marca.


                                                     Los helados de nuestra infancia




                     La ranita que servía como palillero o para echar los huesos de aceituna.


     Las cabinas de Teléfonos que nos asustaron tanto despuès del corto de Antonio Mercero.


                                       Juguetes tan sencillos como "la ranita" o "La Pulga"


                               Las básculas de los ultramarinos y el calor del pequeño comercio




      Las jeringuillas de los ATS,  de cristal y metal que se hervían porque no eran desechables.


Juguetes o entretenimientos con tiras de plástico que hacía un poco más de furor en las chicas.


Y para no ser pesado, ya termino con los anuncios de la época, eso que jamás se olvidan...